La acacia dorada, heraldo de la primavera australiana

Agosto 15, 2008 · Se encuentra en Australia, Maravillas Naturales 

Las flores que adornan muchas páginas de revistas y periódicos de Australia, no es una de tantas. Pertenece a una especie muy conocida y querida entre los australianos, quienes la incluyeron en su escudo de armas en 1912, la declararon flor nacional en 1988 y la han representado en monedas y sellos en diversas ocasiones. ¿A qué obedece su popularidad? Encontramos la respuesta, al menos en parte, en unos versos de Veronica Mason editados en 1929. Tras referirse a los tonos “verde olivo, marrón y gris” que dominan el paisaje al finalizar el invierno, el poema anuncia con alegría: “Pero ya llegó la primavera / con sus flores para la acacia”.

Se diría que casi todo el mundo celebra la proximidad de la primavera. Al tiempo que el otoño invade el hemisferio norte, en Australia —como en todo el hemisferio sur— estalla la primavera, precedida por un heraldo: la súbita floración de la acacia dorada. De ahí que en agosto se escuche a los escolares recitando la poesía de Mason. Además, en 1992, el gobernador general instituyó el 1 de septiembre como día nacional de este árbol.

Claro, la acacia dorada no anuncia el buen tiempo con frialdad, sino con un derroche de gracia y belleza. Los versos de Mason hablan de la “delicada y reverenciosa acacia”, en alusión a cómo se mecen las ramas cargadas de flores con la brisa primaveral. Este árbol pertenece a una interesante familia, muy conocida en las regiones cálidas del planeta. El nombre botánico de este arbolito o arbusto de cuatro a ocho metros de alto es Acacia pycnantha. En Australia, que alberga más de la mitad de las especies de acacia catalogadas, hay entre 600 y 1.000 variedades, algunas de las cuales se conocen en Europa y América como “mimosas”. Un miembro muy conocido de la familia es la acacia con copa en forma de sombrilla, que se encuentra en África. Sus hojas son uno de los alimentos predilectos de la jirafa, que dejaría totalmente pelado el árbol de no ser por la singular relación que este mantiene con cierta hormiga: a cambio de casa y néctar, el insecto pica al voraz y amable gigante, obligándolo a mudarse a otro árbol para seguir comiendo.

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